el baile

llegamos al parque en domingo, día de restricción severa para contener el virus. somos tres. luego llega otra con su mascota pero sin cacerola. del parque al sur no hay luz, ni en los apartamentos ni en las calles. la persona que venía caminando desde el centro de la ciudad nos dice temerosa que quiere irse a su casa ya, que tiene miedo por lo que ha debido ver ese día. entonces se va casi llorando. le pedimos que nos avise cuando esté a salvo y seguimos tercamente en la acción.

somos cuatro personas en la mitad del parque, a oscuras, haciendo ruido. pasa una moto de la policía, pasa un carro y muy pocas veces alguien caminando. esta noche no hay mucha gente paseando a sus perros. la empresa de energía ha venido en el día pero no ha dado razón, dice una vecina. parece que estuvieron timbrando pero nadie les atendió así que se fueron. pero el corte (o el daño, en estos tiempos ya no se sabe) se extiende por varias cuadras a la redonda.

llega más gente y alcanzamos a cantar unas arengas, mientras practicamos un ritmo común. hacemos una fogata y entonces podemos vernos las caras. permanecemos allí como dos horas. cuando vuelve a pasar una moto de policía acordamos que es mejor ir cada quien a su casa. mientras tanto, en un barrio popular cercano al centro de otra ciudad, esa noche está ocurriendo una masacre. el hecho no es nuevo, pero esta vez se puede ver en tiempo real a través de las redes sociales.

al día siguiente, mientras hago el aseo de la cocina recuerdo una canción y la pongo. luego escucho otra y de pronto estoy bailando en la cocina, sumergida en los bajos que golpean mi cuerpo y lo calientan en medio del frío. descubro entonces que tengo miedo. ese miedo que nos han narrado toda la vida ahora lo siento de frente, en mi lenguaje, sobre mi cuerpo. y bailo desesperada para contenerlo.