tangara

hace tiempo no hay trabajo ni muchas posibilidades de buscarlo. hay tiempo de sobra y una angustia instalada con la que se lidia en la cocina, en el baño, en el comedor. angustia, rabia, culpa, pero también aceptación. han instalado una olla cerca. se cocina todos los días desde las 11 y cuando está se reparte. además han llegado donaciones de ropa y mercado. solo hay que estar allí cuando el comité defina que se puede repartir.

la olla se ha mantenido por varias semanas. ¿acaso se va a normalizar esto? el transporte está bloqueado porque los muchachos del barrio del lado se han dedicado a tirar piedras a las estaciones, y encenderles fuego. a ellos les gusta darse con la policía, dicen por ahí. una vecina había conseguido trabajo pero entonces tuvo que caminar cuatro horas para poder llegar, tarde, y otras cuatro para regresar. igual con el transporte se habría demorado al menos dos, con el bus lleno de gente. esta mañana no hay transporte y el noticiero está entrevistando gente para saber cómo se siente tener que caminar.

la cosa es que cada mañana se espera que hayan restaurado el servicio. a veces sí y a veces no. el transporte funciona unas horas. junto a la estación comienzan a llegar personas de otros lados como las 10 de la mañana, y hacia las 5 de la tarde ya hay suficiente gente y energía para bloquear la calle. entonces se cancela el servicio, llega la policía y comienzan otra vez los gases y las explosiones. el ruido va hasta entrada la madrugada, pero en la casa esa angustia solo se mezcla con la que viene de antes. ojalá que los muchachos regresen bien a sus casas.

llegamos al parque en domingo, día de restricción severa para contener el virus. somos tres. luego llega otra con su mascota pero sin cacerola. del parque al sur no hay luz, ni en los apartamentos ni en las calles. la persona que venía caminando desde el centro de la ciudad nos dice temerosa que quiere irse a su casa ya, que tiene miedo por lo que ha debido ver ese día. entonces se va casi llorando. le pedimos que nos avise cuando esté a salvo y seguimos tercamente en la acción.

somos cuatro personas en la mitad del parque, a oscuras, haciendo ruido. pasa una moto de la policía, pasa un carro y muy pocas veces alguien caminando. esta noche no hay mucha gente paseando a sus perros. la empresa de energía ha venido en el día pero no ha dado razón, dice una vecina. parece que estuvieron timbrando pero nadie les atendió así que se fueron. pero el corte (o el daño, en estos tiempos ya no se sabe) se extiende por varias cuadras a la redonda.

llega más gente y alcanzamos a cantar unas arengas, mientras practicamos un ritmo común. hacemos una fogata y entonces podemos vernos las caras. permanecemos allí como dos horas. cuando vuelve a pasar una moto de policía acordamos que es mejor ir cada quien a su casa. mientras tanto, en un barrio popular cercano al centro de otra ciudad, esa noche está ocurriendo una masacre. el hecho no es nuevo, pero esta vez se puede ver en tiempo real a través de las redes sociales.

al día siguiente, mientras hago el aseo de la cocina recuerdo una canción y la pongo. luego escucho otra y de pronto estoy bailando en la cocina, sumergida en los bajos que golpean mi cuerpo y lo calientan en medio del frío. descubro entonces que tengo miedo. ese miedo que nos han narrado toda la vida ahora lo siento de frente, en mi lenguaje, sobre mi cuerpo. y bailo desesperada para contenerlo.

el tiempo está anotado en una pizarra ubicada justo detrás del cajero a quien pagamos el café que acabamos de tomarnos. tiempo análogo, escrito con marcador azul, y que contabiliza lo que tarda en salir un pedido desde que fue expedida la comanda. “se entiende que cuando alguien pide algo de comer puede tardar un poco más en llegar el pedido, pero el promedio debería ser de cinco a siete minutos. más de eso es un problema en el servicio, y en estos tiempos es importante estar atentos”, nos explican. “la comanda se expide automáticamente; el pedido se toma en una tablet”. veo solo meseros en ese espacio iluminado, perfectamente ventilado, con suelo de gravilla y dos metros de distancia entre cada una de las mesas. muy acorde con las necesidades del momento. se toma el pedido; a través de la aplicación se imprime la comanda; el supervisor anota en la pizarra. por cada mesero una línea. es posible contabilizar la cantidad de servicios que atiende cada persona en turno, y promediar cuánto tarda en llevar el pedido a la mesa, aunque el objetivo es medir cuánto tardan en la cocina. ¡es un ábaco!, dice mi interlocutor.

mientras tanto el estado alemán responde a una solicitud de rectificación de identidad. cambio de nombre en documento de identidad, por una confusión lingüística a la hora de registrar a una persona migrante. “su respuesta la tendrá en la semana 19 del calendario”. ¿cuándo es eso? se pregunta quien espera esa respuesta, y seguidamente reflexiona lo mucho que facilita pensar las horas en grupos de 12 y no como un acumulado anual. agradece que podamos hablar de las 11:06 am y no de la hora 34674749 del año. son impecables los tiempos de la burocracia.

últimamente tenemos poco tiempo para escribir, o no lo sacamos. la vida en digital, minuciosamente calculada, controlada y medible se reduce a las necesidades de cada instante, ¿qué viene siendo el tiempo en estos tiempos? ¿es algo más que una unidad de medida? ¿sirve para otra cosa? ¿qué pasa si no llevamos el reloj para hacer deporte, si no hacemos deporte, si ya no tenemos reloj sino un celular? ¿si no tenemos celular y sin embargo debemos llegar a tiempo al trabajo en estos tiempos convulsos, riesgosos y críticos para la economía?